Una conversación sobre poesía, tiempo y legado
Julieta Micol Juárez
“La Pluma”, nuevo libro de Acercándonos Ediciones


La Pluma es un libro que nace desde un diálogo profundo entre tradición, memoria e identidad. Su autor recupera formas poéticas clásicas —soneto, décima, redondilla— para volver a mirar el mundo desde la cadencia de lo perdurable. A través de escenas íntimas, lecturas heredadas, reflexiones sobre la historia y un vínculo espiritual con el lenguaje, construye una obra que entrelaza lo personal y lo universal. En esta entrevista, realizada a propósito de la publicación del libro, el poeta revisita el camino que lo condujo a escribirlo: las decisiones formales, los autores que lo acompañan desde hace décadas, las imágenes que nacen del cotidiano y se transforman en metáforas, la necesidad de dejar un legado y la relación entre la poesía, el tiempo y la trascendencia. Lo que sigue es un recorrido por el origen de La Pluma y por la sensibilidad que lo sostiene.


En La Pluma trabajás con una variedad de formas clásicas—sonetos, décimas, redondillas—. ¿Qué te llevó a elegir esa arquitectura poética y cómo definiste la estructura del libro?

— El libro consta de tres partes: la primera es de sonetos, que rompen a veces con la estructura clásica de rima perfecta del soneto, pero respetan siempre los catorce versos endecasílabos. La segunda parte son décimas, pero no décimas gauchescas, como es tradición en nuestro país. Son décimas castellanas actuales, que tocan temas cercanos: el amor, el arte, la cultura, la política. Y por último, los cuartetos o redondillas; un formato breve y directo, una idea, un mensaje en cuatro versos. Esto viene de aquellos cuadernos o agendas de la adolescencia que traían frases de canciones o fragmentos de poemas, y que leíamos en los veranos. Tengo un recuerdo muy lindo de esas lecturas, y tuvieron un rol importante en la formación de mi sensibilidad literaria.

El soneto es, a mi entender, la más sublime de las formas poéticas. Permite abordar temas profundos y desarrollar ideas con cierta complejidad. Escribir verso medido es una especie de acción contracultural. Hay una lógica posmoderna donde todo debe ser laxo, sin estructuras, de poca profundidad. Mi concepción de la poesía es contraria. Algunos me decían: “Ahora no se escribe más así”, refiriéndose a la métrica. Me parece ridículo. El soneto se viene usando por más de quinientos años y ha dado piezas maravillosas. Los mejores poetas de la lengua castellana, desde Quevedo hasta Borges, lo tienen como formato predilecto. ¿Por qué dejaríamos de usarlo? Parece que, en el querer deconstruir, nos imponemos romper con todo. Yo creo lo contrario: reconectar con aquello, reinsertarnos en nuestra historia cultural y crear belleza. Pero, fundamentalmente, elegí estos formatos porque me parecen hermosos.

 

Muchos poemas dialogan con figuras históricas y literarias, desde Miguel Hernández hasta Lope de Vega. ¿Cómo fue el proceso de investigación o relectura que acompañó la escritura?

— A Miguel Hernández lo leo casi todos los días desde hace unos treinta años. Lo heredé de mi madre, a partir del disco de Serrat, que me abrió su universo. Desde ahí me fui metiendo en su mundo, profundizando en su obra, y sigue siendo uno de mis poetas predilectos. La palabra sencilla, clara y profunda, pero con enorme belleza. Cuando lo releo, me conmueve más. Me conecta con la España que amo, de donde viene mi familia y mi cosmovisión artística, afectiva y cultural. En ese amor por España, que como universo cultural es también Hispanoamérica, aparecen Lope de Vega, Quevedo, Cervantes, y también Machado, Sor Juana, Rubén Darío, Martí, Borges, Lugones, Almafuerte, Lorca, Benedetti, los poetas del tango como Expósito, Manzi, Lepera. Incluso hay una referencia al Che.

Como profesor de historia releo y reescribo permanentemente. En La Pluma está muy presente la historia. El tiempo, las épocas de la humanidad y los tiempos de la propia vida son pilares del libro. No hubo una investigación particular, pero cuando decidí incluir los veintidós sonetos, me puse a leer sonetos para incorporar la rítmica. Es difícil escribir uno que me deje conforme. Leí a Quevedo, Góngora, Lope y Borges, y esa influencia aparece inevitablemente en la primera parte.

 

Aparecen escenas muy concretas: el caballo, el tren, el asado, el barrio, la madre. ¿Cómo decidís qué fragmentos de la vida pueden convertirse en poema?

— En realidad, la condición de poeta es una forma de percibir las cosas, y es inevitable. Después, se puede o no volcar eso en un papel, con buena o mala poesía, o jamás escribir un verso. Pero esa forma de percibir el mundo, de mirar más allá de la corteza, de poder ver el laberinto desde el minotauro, y no siempre desde Teseo, esa necesidad de transitar el tiempo con conciencia y con profundidad, eso es ser poeta. Viajar en un tren, y leer en la mirada de algún pasajero toda su historia, sus rencores, sus deseos. El poeta es un observador, y a la vez es un creador de aquello que observa. Entonces uno no decide qué fragmentos de la vida retratar. Está todo ahí todo el tiempo. Y, en todo caso, aparece una conexión metafórica de esas cosas de todos los días con las cuestiones más profundas y universales. Por ejemplo, El tren habla del tren Roca, en la zona sur del conurbano, pero también habla de la desigualdad social, de la sumisión y por supuesto, de la muerte. Creo que la decisión está en tomar algunos elementos de la historia propia, o de la vida cotidiana, y desentramarlos en esta “observación-creación” para explorar todos sus ribetes, y construir estas metáforas de las que te hablaba, y poner sobre la mesa estos temas.

Para hablar un poco de los poemas que me nombrás, El caballo lo escribí en una casa quinta de verano que alquilamos con mi familia. Al lado hay un criadero de caballos, y la relación que construyó mi hijo con esos caballos fue inexplicable. Se entendían perfectamente. Entonces me disparó esta idea de la bondad innata, y la posterior domesticación del niño y del caballo, y el encanto de un animal poderoso, que renuncia a ese poder, pareciera que por amor. Asado es un homenaje a José Fernández Erro, creador de los Cocinetos, que son sonetos gastronómicos. Es un soneto que a la vez es una receta, o explica una experiencia gastronómica. Son geniales. El barrio y la madre son más o menos la misma cosa. La reflexión sobre el origen, la identidad, el mundo que perdimos, y de paso un homenaje a mi madre, que me llamó Federico, como Lorca, y que, al parecer, logró su objetivo.

 

Varias de tus piezas exploran la tensión entre el tiempo y la identidad. ¿Sentís que escribir es una manera de fijar algo que, de otro modo, se perdería?

— Absolutamente. Este libro fue concebido como algo para mi familia y mis amigos, para dejar a mi familia futura una especie de testamento poético: cómo pensaba, cuáles eran mis sueños, mi sensibilidad y mis valores. No pude rastrear antepasados artistas; me resulta imposible creer que soy el primero en tener esta pulsión. El libro era algo íntimo, pero apareció Acercándonos Cultura y Fernando Roperto, amigo mío, que me ofreció publicarlo. Jamás pensé que La Pluma pudiera interesar fuera de mi círculo íntimo. Me siento expuesto, porque en el libro develo mucho de mí. Pero es un regalo y un privilegio: quien lo lea podrá conocerme bastante sin varios asados compartidos.

 

Hay un pulso espiritual que atraviesa el libro, una búsqueda casi metafísica del sentido. ¿La poesía funciona para vos como un modo de fe, de contemplación o de resistencia?

— De algún modo, las tres cosas. Frente a una cultura de lo efímero y del goce inmediato, la idea de trascendencia aparece como resistencia. El arte hoy está más ligado al entretenimiento que a la trascendencia, pero creo que debería ir por otro lado. Los artistas deben enfocarse en crear algo que mejore a la humanidad. Los principios de la Cristiandad medieval —hacer el bien, buscar la Verdad y crear belleza— son pilares que guían mi vida y el libro.

La contemplación también es resistencia. En un mundo acelerado, mirar un caballo, un niño o una pareja sin buscar productividad, solo contemplar y buscar belleza, es un gesto profundo. El goce sin mercado convierte la contemplación en resistencia.

 

Si tuvieras que elegir una sola imagen que defina lo que significa “La pluma” en tu recorrido como poeta, ¿ cuál sería y por qué?

— Uf… esta sí que es difícil. La verdad es que este libro está impulsado decididamente por el amor. Mi amor hacia los que amo, el amor de ellos hacia mí, el esfuerzo de los amigos y de la familia para que esto se concrete, en fin. El amor y el encuentro tendrían que ser dos de los contenidos de esa imagen. Y después, los otros temas que venimos charlando: el tiempo, el arte, la vida y la muerte, la fe, la identidad, la pertenencia cultural. Podríamos negociar que fueran tres imágenes: una imagen tipo Sargento Pepers, en la que aparezcan todos estos personajes que venimos nombrando, y los amigos y la familia, un tren, un caballo, Freud, una guitarra, Cristóbal Colón, Iorio, Maradona, Gardel y el Chapulín Colorado. Otra podría ser una imagen pictórica surrealista, tipo cuadro de Dalí, con un reloj que se derrite, y esa sustancia de reloj derretido se convierte en tinta, que dibuja un mapa de América, una serie de versos castellanos, un pentagrama y una cruz, el quijote de Picasso y alguna otra imagen así, significativa, de síntesis cultural y universal. Y la tercera imagen es esta tapa hermosa que la gente que la diseñó ha logrado tan maravillosamente: una pluma grabada sobre el cuero de un cuaderno tipo bitácora. Me encanta esa tapa y me encanta esa imagen. Tiene esto del tiempo, de lo tradicional, de la hoja en blanco, del entrar en la intimidad. Me gusta mucho la tapa y toda la edición y me siento muy gratificado con el resultado del libro.

En cada respuesta aparece una convicción: la belleza como deber, la memoria como raíz, el lenguaje como forma de resistencia y de amor. La Pluma es más que un libro de poemas; es un gesto de pertenencia y una invitación a volver a mirar la tradición como territorio fértil para crear.

La Pluma es un libro que nace desde un diálogo profundo entre tradición, memoria e identidad. Su autor recupera formas poéticas clásicas —soneto, décima, redondilla— para volver a mirar el mundo desde la cadencia de lo perdurable. A través de escenas íntimas, lecturas heredadas, reflexiones sobre la historia y un vínculo espiritual con el lenguaje, construye una obra que entrelaza lo personal y lo universal. En esta entrevista, realizada a propósito de la publicación del libro, el poeta revisita el camino que lo condujo a escribirlo: las decisiones formales, los autores que lo acompañan desde hace décadas, las imágenes que nacen del cotidiano y se transforman en metáforas, la necesidad de dejar un legado y la relación entre la poesía, el tiempo y la trascendencia. Lo que sigue es un recorrido por el origen de La Pluma y por la sensibilidad que lo sostiene.


En La Pluma trabajás con una variedad de formas clásicas—sonetos, décimas, redondillas—. ¿Qué te llevó a elegir esa arquitectura poética y cómo definiste la estructura del libro?

— El libro consta de tres partes: la primera es de sonetos, que rompen a veces con la estructura clásica de rima perfecta del soneto, pero respetan siempre los catorce versos endecasílabos. La segunda parte son décimas, pero no décimas gauchescas, como es tradición en nuestro país. Son décimas castellanas actuales, que tocan temas cercanos: el amor, el arte, la cultura, la política. Y por último, los cuartetos o redondillas; un formato breve y directo, una idea, un mensaje en cuatro versos. Esto viene de aquellos cuadernos o agendas de la adolescencia que traían frases de canciones o fragmentos de poemas, y que leíamos en los veranos. Tengo un recuerdo muy lindo de esas lecturas, y tuvieron un rol importante en la formación de mi sensibilidad literaria.

El soneto es, a mi entender, la más sublime de las formas poéticas. Permite abordar temas profundos y desarrollar ideas con cierta complejidad. Escribir verso medido es una especie de acción contracultural. Hay una lógica posmoderna donde todo debe ser laxo, sin estructuras, de poca profundidad. Mi concepción de la poesía es contraria. Algunos me decían: “Ahora no se escribe más así”, refiriéndose a la métrica. Me parece ridículo. El soneto se viene usando por más de quinientos años y ha dado piezas maravillosas. Los mejores poetas de la lengua castellana, desde Quevedo hasta Borges, lo tienen como formato predilecto. ¿Por qué dejaríamos de usarlo? Parece que, en el querer deconstruir, nos imponemos romper con todo. Yo creo lo contrario: reconectar con aquello, reinsertarnos en nuestra historia cultural y crear belleza. Pero, fundamentalmente, elegí estos formatos porque me parecen hermosos.

 

Muchos poemas dialogan con figuras históricas y literarias, desde Miguel Hernández hasta Lope de Vega. ¿Cómo fue el proceso de investigación o relectura que acompañó la escritura?

— A Miguel Hernández lo leo casi todos los días desde hace unos treinta años. Lo heredé de mi madre, a partir del disco de Serrat, que me abrió su universo. Desde ahí me fui metiendo en su mundo, profundizando en su obra, y sigue siendo uno de mis poetas predilectos. La palabra sencilla, clara y profunda, pero con enorme belleza. Cuando lo releo, me conmueve más. Me conecta con la España que amo, de donde viene mi familia y mi cosmovisión artística, afectiva y cultural. En ese amor por España, que como universo cultural es también Hispanoamérica, aparecen Lope de Vega, Quevedo, Cervantes, y también Machado, Sor Juana, Rubén Darío, Martí, Borges, Lugones, Almafuerte, Lorca, Benedetti, los poetas del tango como Expósito, Manzi, Lepera. Incluso hay una referencia al Che.

Como profesor de historia releo y reescribo permanentemente. En La Pluma está muy presente la historia. El tiempo, las épocas de la humanidad y los tiempos de la propia vida son pilares del libro. No hubo una investigación particular, pero cuando decidí incluir los veintidós sonetos, me puse a leer sonetos para incorporar la rítmica. Es difícil escribir uno que me deje conforme. Leí a Quevedo, Góngora, Lope y Borges, y esa influencia aparece inevitablemente en la primera parte.

 

Aparecen escenas muy concretas: el caballo, el tren, el asado, el barrio, la madre. ¿Cómo decidís qué fragmentos de la vida pueden convertirse en poema?

— En realidad, la condición de poeta es una forma de percibir las cosas, y es inevitable. Después, se puede o no volcar eso en un papel, con buena o mala poesía, o jamás escribir un verso. Pero esa forma de percibir el mundo, de mirar más allá de la corteza, de poder ver el laberinto desde el minotauro, y no siempre desde Teseo, esa necesidad de transitar el tiempo con conciencia y con profundidad, eso es ser poeta. Viajar en un tren, y leer en la mirada de algún pasajero toda su historia, sus rencores, sus deseos. El poeta es un observador, y a la vez es un creador de aquello que observa. Entonces uno no decide qué fragmentos de la vida retratar. Está todo ahí todo el tiempo. Y, en todo caso, aparece una conexión metafórica de esas cosas de todos los días con las cuestiones más profundas y universales. Por ejemplo, El tren habla del tren Roca, en la zona sur del conurbano, pero también habla de la desigualdad social, de la sumisión y por supuesto, de la muerte. Creo que la decisión está en tomar algunos elementos de la historia propia, o de la vida cotidiana, y desentramarlos en esta “observación-creación” para explorar todos sus ribetes, y construir estas metáforas de las que te hablaba, y poner sobre la mesa estos temas.

Para hablar un poco de los poemas que me nombrás, El caballo lo escribí en una casa quinta de verano que alquilamos con mi familia. Al lado hay un criadero de caballos, y la relación que construyó mi hijo con esos caballos fue inexplicable. Se entendían perfectamente. Entonces me disparó esta idea de la bondad innata, y la posterior domesticación del niño y del caballo, y el encanto de un animal poderoso, que renuncia a ese poder, pareciera que por amor. Asado es un homenaje a José Fernández Erro, creador de los Cocinetos, que son sonetos gastronómicos. Es un soneto que a la vez es una receta, o explica una experiencia gastronómica. Son geniales. El barrio y la madre son más o menos la misma cosa. La reflexión sobre el origen, la identidad, el mundo que perdimos, y de paso un homenaje a mi madre, que me llamó Federico, como Lorca, y que, al parecer, logró su objetivo.

 

Varias de tus piezas exploran la tensión entre el tiempo y la identidad. ¿Sentís que escribir es una manera de fijar algo que, de otro modo, se perdería?

— Absolutamente. Este libro fue concebido como algo para mi familia y mis amigos, para dejar a mi familia futura una especie de testamento poético: cómo pensaba, cuáles eran mis sueños, mi sensibilidad y mis valores. No pude rastrear antepasados artistas; me resulta imposible creer que soy el primero en tener esta pulsión. El libro era algo íntimo, pero apareció Acercándonos Cultura y Fernando Roperto, amigo mío, que me ofreció publicarlo. Jamás pensé que La Pluma pudiera interesar fuera de mi círculo íntimo. Me siento expuesto, porque en el libro develo mucho de mí. Pero es un regalo y un privilegio: quien lo lea podrá conocerme bastante sin varios asados compartidos.

 

Hay un pulso espiritual que atraviesa el libro, una búsqueda casi metafísica del sentido. ¿La poesía funciona para vos como un modo de fe, de contemplación o de resistencia?

— De algún modo, las tres cosas. Frente a una cultura de lo efímero y del goce inmediato, la idea de trascendencia aparece como resistencia. El arte hoy está más ligado al entretenimiento que a la trascendencia, pero creo que debería ir por otro lado. Los artistas deben enfocarse en crear algo que mejore a la humanidad. Los principios de la Cristiandad medieval —hacer el bien, buscar la Verdad y crear belleza— son pilares que guían mi vida y el libro.

La contemplación también es resistencia. En un mundo acelerado, mirar un caballo, un niño o una pareja sin buscar productividad, solo contemplar y buscar belleza, es un gesto profundo. El goce sin mercado convierte la contemplación en resistencia.

 

Si tuvieras que elegir una sola imagen que defina lo que significa “La pluma” en tu recorrido como poeta, ¿ cuál sería y por qué?

— Uf… esta sí que es difícil. La verdad es que este libro está impulsado decididamente por el amor. Mi amor hacia los que amo, el amor de ellos hacia mí, el esfuerzo de los amigos y de la familia para que esto se concrete, en fin. El amor y el encuentro tendrían que ser dos de los contenidos de esa imagen. Y después, los otros temas que venimos charlando: el tiempo, el arte, la vida y la muerte, la fe, la identidad, la pertenencia cultural. Podríamos negociar que fueran tres imágenes: una imagen tipo Sargento Pepers, en la que aparezcan todos estos personajes que venimos nombrando, y los amigos y la familia, un tren, un caballo, Freud, una guitarra, Cristóbal Colón, Iorio, Maradona, Gardel y el Chapulín Colorado. Otra podría ser una imagen pictórica surrealista, tipo cuadro de Dalí, con un reloj que se derrite, y esa sustancia de reloj derretido se convierte en tinta, que dibuja un mapa de América, una serie de versos castellanos, un pentagrama y una cruz, el quijote de Picasso y alguna otra imagen así, significativa, de síntesis cultural y universal. Y la tercera imagen es esta tapa hermosa que la gente que la diseñó ha logrado tan maravillosamente: una pluma grabada sobre el cuero de un cuaderno tipo bitácora. Me encanta esa tapa y me encanta esa imagen. Tiene esto del tiempo, de lo tradicional, de la hoja en blanco, del entrar en la intimidad. Me gusta mucho la tapa y toda la edición y me siento muy gratificado con el resultado del libro.

En cada respuesta aparece una convicción: la belleza como deber, la memoria como raíz, el lenguaje como forma de resistencia y de amor. La Pluma es más que un libro de poemas; es un gesto de pertenencia y una invitación a volver a mirar la tradición como territorio fértil para crear.


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