

Nació en Buenos Aires. Estudió Ingeniería Civil y dejó. Estudió Composición Musical y dejó. Estudió Astrología y dejó. Estudió Cine y dejó. Se fue a probar a Boca, Atlanta, Comunicaciones, Argentinos Juniors... y lo dejaron ir. Dejó a su país y se fue a vivir a otro. Pero unos años después lo dejó al otro país ese y volvió.
Hizo un documental, escribió y dirigió dos obras de teatro, sacó un álbum de canciones infantiles y condujo un programa de radio con niñas y niños. Una vez ganó un premio por un cuento y un concurso de reventar globos en el jardín de infantes. Estudió Computación Científica y... lo terminó. Aún trabaja como programador informático. Ya lo está dejando. En realidad ya lo dejó. Casi.
Hace unos años empezó su primer taller literario con Sandra Russo, y publicó su primer libro de cuentos “Empirka”. Después publicó el segundo: “Amadas, amados, amantes y dos más”. Pensó que, siguiendo una antigua costumbre suya, iba a dejar de escribir. Curiosamente siguió. Este es su tercer libro.
Simpáticamente se cuenta cómo la belleza de David —encarnada en la estatua esculpida por Michelangelo Buonarroti— puede sobreponerse a la maldad de un Goliat con papada a partir de un ejercicio sostenido de glúteos y una ingesta repetida de varénikes.
Simpático resulta el personaje de Marcelo que tal vez sea él mismo cuando cuenta un drama mayor como la pandemia y la turbación producida en los modos de la memoria. Entonces aparece la narración de los frecuentes olvidos, de las repeticiones, de los vacíos repentinos ante algo que estábamos haciendo o tratando de hacer un puñado de minutos antes.
(Rocco Carbone)
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