La araña
Daniel Fermani
Un hombre permanece cautivo y sometido a torturas, mientras el terror y la imaginación transforman su encierro en pesadilla



La noche había convertido el mundo en un paraje de sombras. La noche era una sombra. Los esqueletos de los árboles, descarnados por el invierno, punzaban la oscuridad con falanges puntiagudas; derramaban veneno los invisibles alambrados, sostenidos por fémures resecos. El campo, quizás, era un cementerio abandonado.

Se apartó del ojo de buey y volvió a sentarse en la silla de madera, único pedestal, aparte del catre desvencijado, en ese desván en el que estaba prisionero. Miró la puerta de madera reforzada, como si fuera necesario, él no tendría fuerzas ni para empujarla. Hacía mucho tiempo que estaba encerrado, no sabría decir cuánto, porque ya la sucesión de horas, días, semanas, meses, se había convertido en una única noche interminable, en la que solamente el ojo de buey se abría y parpadeaba ante su aislamiento mudo. No decía una palabra porque no había a quién decírsela, aunque tantas veces se encontraba a sí mismo murmurando a la pared, acostado en el catre, tapado con las cobijas raídas que a mala pena lo abrigaban de ese invierno perpetuo. Porque con los hombres no hablaba, no pronunciaba ni siquiera una sílaba. Al principio sí, las primeras veces, cuando hacía poco que lo habían llevado a ese desván y lo habían dejado atado, sentado en la silla de madera. Entonces había tratado de explicar, de decir que él no sabía nada, que se habían equivocado de persona, que tenían que dejarlo ir. Pero no había servido, los golpes al principio, las quemaduras después y al fin la picana eléctrica poco a poco lo disuadieron de que era inútil tratar de argumentar con ellos, no entendían. No entendían el lenguaje humano, el razonamiento, la búsqueda de la verdad, pero no de la presunta verdad que querían arrancarle a la fuerza, sino de otra, de una verdad humana que no se aloja en la mente sino en el corazón, en los recodos de los sueños, ésos que lo mantenían vivo.

Algo se deslizó por el afuera del vidrio dividido en cuatro del ojo de buey. Una rama tal vez. Pero a esa altura no llegaban las ramas, no había árboles que alcanzaran ese único ojo que se abría a una noche que no terminaba nunca. Era como un deslizarse de huesos rotos, un esqueleto que acariciara lo inalcanzable, como siempre se acaricia lo inalcanzable.

Se acurrucó en el catre y dejó que la imaginación se lo llevara a otro lugar, a un jardín con zorzales, a una calle de tierra, al borde de un arroyo de montaña. Cualquier lugar era bueno, cualquier lugar con cielo, tal vez con estrellas. Porque desde ese ojo de buey nunca había visto las estrellas. Pensó que tal vez las estrellas sólo se ven en la libertad, y cuando se está prisionero desaparecen, las engulle el cielo como una Caribdis insaciable. Sin embargo, le resultaba muy difícil evadirse, imaginarse en otro lugar que no fuera esa habitación rectangular, de techos a dos aguas que terminaban en el piso, con dos únicas paredes en triángulo, una perforada por el ojo de buey y la otra por una puerta reforzada, por donde entraban los hombres. Miraba las maderas del piso, desgastadas, polvorientas, y la silla de madera en el centro, vieja, lacayo de las torturas. Estaba tan cansado que ya había dejado de tener hambre, ya no le interesaba la comida, y la mayor parte de las veces la mano que dejaba un plato por la puerta entreabierta se lo volvía a llevar sin que él lo hubiera tocado. ¿Para qué comer? Se come cuando la vida requiere fuerzas, y él no las necesitaba, porque no vivía. Únicamente su mente seguía transitando la penumbra opaca con un pertinaz hastío, contando los nudos de la madera, los hilos de la telaraña suspendida en el rincón, la desdichada huella de un rayo de penumbra sobre el piso manchado.



¿Cuánto había pasado desde la última vez que vinieron? Imposible calcular el tiempo, no había sol, ni luna, ni estrellas que lo indicaran. Pero siempre volvían. Adivinaba sus sonrisas heladas debajo de los pasamontañas, las caras bien afeitadas, el pelo, seguramente oscuro, peinado con algún fijador tenso. En las manos viriles, inapelables, descifraba vidas de hombres casados, padres de familia, que pagaban sus impuestos y hasta tal vez fueran católicos, o al menos lo aparentarían. Ciudadanos probos, de ésos que les temen a los cambios, que odian a los inmigrantes y a los homosexuales, de ésos que nunca han leído un solo libro en sus vidas. O tal vez no, tal vez se equivocaba y eran sicarios de los bajos fondos, personas que no se dejaban ver por la calle y que vivían en refugios atiborrados de alcohol, cigarrillos y cocaína. Hablaban muy poco, porque querían que fuera él quien hablara, y para eso no tenían un gran discurso que lo pudiera convencer; tenían puños, puntapiés, cigarrillos encendidos, y la picana. Ya estarían por venir.

Escuchó de nuevo ese rozar de huesos, pero esta vez no provenía del ojo de buey, sino del otro extremo del desván. Desde debajo de la puerta bien cerrada vio asomarse una pata de araña larga, espinosa, de pelos finos y venenosos. Y después una segunda pata, terminada en punta, articulada. Hurgaban los tablones del piso como si quisieran hacer palanca con el cuerpo que debía encontrarse del otro lado de la puerta, para que ésta se abriera, para que diera paso a quién sabe qué monstruo que sin duda lo había olido y se le lanzaría encima y lo envolvería en una tela viscosa y recia, y después le clavaría un aguijón y le inyectaría un líquido corrosivo que iba a licuar todos sus órganos, para luego succionarlos hasta dejar su cuerpo como una crisálida hueca. Las patas debajo de la puerta insistían, y hacían cada vez más ruido sobre las tablas extenuadas. Se levantó del catre, el terror lo hacía tambalearse. Buscó apoyo en la silla y finalmente se sentó, agarrándose con las manos crispadas al asiento de madera. Cuando al fin la puerta cedió con un estruendo y la hoja golpeó la pared dentro del desván, sin levantarse de la silla giró la cabeza hacía el ojo de buey, y vio a través de los cuatro vidrios los cuatro ojos redondos, abombados, sin pupilas, sin párpados, rodeados de pelos, de la araña.

Los dos hombres salieron del desván y dejaron el cadáver desarticulado sobre la silla. Tenía los ojos abiertos.


La noche había convertido el mundo en un paraje de sombras. La noche era una sombra. Los esqueletos de los árboles, descarnados por el invierno, punzaban la oscuridad con falanges puntiagudas; derramaban veneno los invisibles alambrados, sostenidos por fémures resecos. El campo, quizás, era un cementerio abandonado.

Se apartó del ojo de buey y volvió a sentarse en la silla de madera, único pedestal, aparte del catre desvencijado, en ese desván en el que estaba prisionero. Miró la puerta de madera reforzada, como si fuera necesario, él no tendría fuerzas ni para empujarla. Hacía mucho tiempo que estaba encerrado, no sabría decir cuánto, porque ya la sucesión de horas, días, semanas, meses, se había convertido en una única noche interminable, en la que solamente el ojo de buey se abría y parpadeaba ante su aislamiento mudo. No decía una palabra porque no había a quién decírsela, aunque tantas veces se encontraba a sí mismo murmurando a la pared, acostado en el catre, tapado con las cobijas raídas que a mala pena lo abrigaban de ese invierno perpetuo. Porque con los hombres no hablaba, no pronunciaba ni siquiera una sílaba. Al principio sí, las primeras veces, cuando hacía poco que lo habían llevado a ese desván y lo habían dejado atado, sentado en la silla de madera. Entonces había tratado de explicar, de decir que él no sabía nada, que se habían equivocado de persona, que tenían que dejarlo ir. Pero no había servido, los golpes al principio, las quemaduras después y al fin la picana eléctrica poco a poco lo disuadieron de que era inútil tratar de argumentar con ellos, no entendían. No entendían el lenguaje humano, el razonamiento, la búsqueda de la verdad, pero no de la presunta verdad que querían arrancarle a la fuerza, sino de otra, de una verdad humana que no se aloja en la mente sino en el corazón, en los recodos de los sueños, ésos que lo mantenían vivo.

Algo se deslizó por el afuera del vidrio dividido en cuatro del ojo de buey. Una rama tal vez. Pero a esa altura no llegaban las ramas, no había árboles que alcanzaran ese único ojo que se abría a una noche que no terminaba nunca. Era como un deslizarse de huesos rotos, un esqueleto que acariciara lo inalcanzable, como siempre se acaricia lo inalcanzable.

Se acurrucó en el catre y dejó que la imaginación se lo llevara a otro lugar, a un jardín con zorzales, a una calle de tierra, al borde de un arroyo de montaña. Cualquier lugar era bueno, cualquier lugar con cielo, tal vez con estrellas. Porque desde ese ojo de buey nunca había visto las estrellas. Pensó que tal vez las estrellas sólo se ven en la libertad, y cuando se está prisionero desaparecen, las engulle el cielo como una Caribdis insaciable. Sin embargo, le resultaba muy difícil evadirse, imaginarse en otro lugar que no fuera esa habitación rectangular, de techos a dos aguas que terminaban en el piso, con dos únicas paredes en triángulo, una perforada por el ojo de buey y la otra por una puerta reforzada, por donde entraban los hombres. Miraba las maderas del piso, desgastadas, polvorientas, y la silla de madera en el centro, vieja, lacayo de las torturas. Estaba tan cansado que ya había dejado de tener hambre, ya no le interesaba la comida, y la mayor parte de las veces la mano que dejaba un plato por la puerta entreabierta se lo volvía a llevar sin que él lo hubiera tocado. ¿Para qué comer? Se come cuando la vida requiere fuerzas, y él no las necesitaba, porque no vivía. Únicamente su mente seguía transitando la penumbra opaca con un pertinaz hastío, contando los nudos de la madera, los hilos de la telaraña suspendida en el rincón, la desdichada huella de un rayo de penumbra sobre el piso manchado.



¿Cuánto había pasado desde la última vez que vinieron? Imposible calcular el tiempo, no había sol, ni luna, ni estrellas que lo indicaran. Pero siempre volvían. Adivinaba sus sonrisas heladas debajo de los pasamontañas, las caras bien afeitadas, el pelo, seguramente oscuro, peinado con algún fijador tenso. En las manos viriles, inapelables, descifraba vidas de hombres casados, padres de familia, que pagaban sus impuestos y hasta tal vez fueran católicos, o al menos lo aparentarían. Ciudadanos probos, de ésos que les temen a los cambios, que odian a los inmigrantes y a los homosexuales, de ésos que nunca han leído un solo libro en sus vidas. O tal vez no, tal vez se equivocaba y eran sicarios de los bajos fondos, personas que no se dejaban ver por la calle y que vivían en refugios atiborrados de alcohol, cigarrillos y cocaína. Hablaban muy poco, porque querían que fuera él quien hablara, y para eso no tenían un gran discurso que lo pudiera convencer; tenían puños, puntapiés, cigarrillos encendidos, y la picana. Ya estarían por venir.

Escuchó de nuevo ese rozar de huesos, pero esta vez no provenía del ojo de buey, sino del otro extremo del desván. Desde debajo de la puerta bien cerrada vio asomarse una pata de araña larga, espinosa, de pelos finos y venenosos. Y después una segunda pata, terminada en punta, articulada. Hurgaban los tablones del piso como si quisieran hacer palanca con el cuerpo que debía encontrarse del otro lado de la puerta, para que ésta se abriera, para que diera paso a quién sabe qué monstruo que sin duda lo había olido y se le lanzaría encima y lo envolvería en una tela viscosa y recia, y después le clavaría un aguijón y le inyectaría un líquido corrosivo que iba a licuar todos sus órganos, para luego succionarlos hasta dejar su cuerpo como una crisálida hueca. Las patas debajo de la puerta insistían, y hacían cada vez más ruido sobre las tablas extenuadas. Se levantó del catre, el terror lo hacía tambalearse. Buscó apoyo en la silla y finalmente se sentó, agarrándose con las manos crispadas al asiento de madera. Cuando al fin la puerta cedió con un estruendo y la hoja golpeó la pared dentro del desván, sin levantarse de la silla giró la cabeza hacía el ojo de buey, y vio a través de los cuatro vidrios los cuatro ojos redondos, abombados, sin pupilas, sin párpados, rodeados de pelos, de la araña.

Los dos hombres salieron del desván y dejaron el cadáver desarticulado sobre la silla. Tenía los ojos abiertos.


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