

¿De qué sirve decir la verdad sobre la barbarie si nada se dice sobre las relaciones de propiedad que la producen?
Bertolt Brecht
Durante los últimos años se instaló una idea inquietante: la inteligencia artificial podría terminar destruyendo el mundo. Máquinas que escapan al control humano, sistemas capaces de superar a sus creadores, millones de puestos de trabajo eliminados y una tecnología potencialmente incontrolable forman parte de un imaginario que oscila entre la ciencia ficción y el debate político.
Pero quizás la pregunta esté mal formulada.
El problema no es solamente qué puede hacer la inteligencia artificial, sino quién la desarrolla, quién la controla y para qué se utiliza.
La tecnología nunca existe por fuera de las relaciones sociales. Tiene propietarios, trabajadores, financiamiento, infraestructura, objetivos económicos y Estados que procuran orientarla según determinados intereses. La inteligencia artificial no constituye una excepción. Marx había advertido que las máquinas podían multiplicar extraordinariamente la productividad del trabajo, pero que, bajo determinadas relaciones de producción, podían convertirse también en instrumentos para intensificar la explotación y concentrar la riqueza. La cuestión, entonces, no es la máquina en sí misma, sino las relaciones sociales que determinan su utilización.
Aquí aparece una dimensión geopolítica que resulta imposible ignorar. Durante años se presentó a las empresas estadounidenses como protagonistas indiscutidas de la inteligencia artificial de frontera. Sin embargo, el desarrollo de modelos chinos como DeepSeek modificó esa percepción. Los análisis recientes muestran que la distancia entre los modelos estadounidenses y chinos se redujo significativamente y que China consiguió avances importantes en eficiencia. Esto no significa que exista una victoria definitiva de la República Popular China ni una derrota tecnológica de EEUU, pero sí pone en cuestión la idea de una supremacía occidental incontestable. Lo interesante es que esta disputa tecnológica también puede leerse desde una perspectiva de clase.
Detrás de cada modelo de inteligencia artificial existe una enorme acumulación de trabajo humano: científicos, programadores, ingenieros, trabajadores de centros de datos, productores de energía y millones de personas cuyos conocimientos, textos, imágenes y comportamientos alimentan los sistemas.
La inteligencia artificial, por lo tanto, no surge de la nada. Es conocimiento social convertido en fuerza productiva. La cuestión decisiva será quién se apropia de esa fuerza productiva que puede utilizarse para reducir la jornada laboral, mejorar la educación y la salud, ampliar el acceso al conocimiento y liberar a millones de personas de tareas repetitivas. Pero también para sustituir trabajadores, intensificar los ritmos laborales, aumentar la vigilancia y concentrar todavía más la riqueza.
Aquí resulta especialmente pertinente citar a Engels en su libro Anti-Dühring, al analizar la relación entre libertad y necesidad, sostiene: “La libertad no consiste en el ensueño de una independencia de las leyes naturales, sino en el conocimiento de estas leyes y en la posibilidad que este conocimiento ofrece de hacerlas actuar sistemáticamente para fines determinados.” La frase conserva una enorme actualidad frente a la inteligencia artificial. Conocer una tecnología no significa someterse a ella: significa adquirir la posibilidad de orientarla.
Por eso, el debate sobre la IA no debería reducirse al miedo de que las máquinas destruyan a la humanidad. El riesgo más concreto es otro: que una tecnología construida sobre conocimiento colectivo termine concentrando todavía más poder económico en manos de quienes controlan el capital, los datos, los algoritmos y la infraestructura.
La inteligencia artificial no tiene escrito un destino inevitable. Puede profundizar las desigualdades existentes o contribuir a reducirlas. Puede servir para concentrar poder o para democratizar capacidades. Puede aumentar la precarización del trabajo o permitir que la productividad se transforme en tiempo libre y bienestar.
La diferencia no estará determinada exclusivamente por los algoritmos. Estará determinada por las relaciones sociales que decidamos construir alrededor de ellos.
La inteligencia artificial no tiene escrito un destino inevitable. Su desarrollo expresa, también, las disputas económicas, tecnológicas y sociales de nuestro tiempo. Por eso, el problema no es solamente qué puede hacer la IA, sino quién controla ese conocimiento, para qué lo utiliza y quién se beneficia de sus resultados.
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¿De qué sirve decir la verdad sobre la barbarie si nada se dice sobre las relaciones de propiedad que la producen? Bertolt Brecht Durante los últimos años se instaló una idea inquietante: la inteligencia artificial podría terminar destruyendo el mundo. Máquinas que escapan al control humano, sistemas capaces de superar a sus creadores, millones de puestos de trabajo eliminados y una tecnología potencialmente incontrolable forman parte de un imaginario que oscila entre la ciencia ficción y el debate político. La inteligencia artificial, por lo tanto, no surge de la nada. Es conocimiento social convertido en fuerza productiva. La cuestión decisiva será quién se apropia de esa fuerza productiva que puede utilizarse para reducir la jornada laboral, mejorar la educación y la salud, ampliar el acceso al conocimiento y liberar a millones de personas de tareas repetitivas. Pero también para sustituir trabajadores, intensificar los ritmos laborales, aumentar la vigilancia y concentrar todavía más la riqueza. |
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