

La encíclica del Papa Francisco, Laudato si, sobre el cuidado de la casa común, publicada el 18 de junio de 2015, cobra actualidad, en momentos de guerra por el control de los recursos naturales que se conjuga con la crisis de la biosfera consecuencia del desarrollo económico capitalista fundado en la sobreexplotación de recursos naturales renovables y no renovables, cuyos efectos son el cambio climático y recalentamiento global del planeta, reducción de los niveles de biodiversidad y desaparición de especies, contaminación de ríos y océanos, deforestación creciente y avance de los desiertos, elevación del nivel del mar debido al deshielo de las montañas y derretimiento de los glaciares subpolares, etc.
Hace más de cincuenta años, cuando el mundo estaba al filo de una guerra nuclear, el Papa Juan XXIII escribió una encíclica en la cual no se conformaba solamente con rechazar una guerra, sino que quiso transmitir una propuesta de paz. Dirigió su mensaje Pacem in terris a todo el “mundo católico” pero agregaba “y a todos los hombres de buena voluntad”. Con Francisco, es la primera vez que un Papa aborda el tema de la ecología en el sentido de una ecología integral, que va más allá de la ambiental, comenzando con el ver “lo que está sucediendo en nuestra casa” (nn.17-61).
Un primer paso metodológico es el ver. Afirma el Papa: “Basta mirar la realidad con sinceridad para ver que hay un deterioro de nuestra casa común” (n.61). Incorpora datos referentes a los cambios climáticos (nn.20-22), la cuestión del agua (nn.27-31), la erosión de la biodiversidad (nn.32-42), el deterioro de la calidad de la vida humana y la degradación de la vida social (nn.43-47), denuncia la alta tasa de inequidad planetaria, que afecta a todos los ámbitos de la vida (nn.48-52), siendo los pobres las principales víctimas (n. 48). Prosigue “Hoy no podemos desconocer que un verdadero abordaje ecológico se convierte siempre en un abordaje social que debe integrar la justicia en las discusiones sobre el ambiente para escuchar tanto el grito de la Tierra como el grito de los pobres” (n.49). Después añade: “los gemidos de la hermana Tierra se unen a los gemidos de los abandonados de este mundo” (n.53). Condena la propuesta de internacionalización de la Amazonia que “solamente serviría a los intereses de las multinacionales” (n.38). Hace una afirmación de gran vigor ético: “es gravísima inequidad obtener importantes beneficios haciendo pagar al resto de la humanidad, presente y futura, los altísimos costos de la degradación ambiental” (n.36).
Inequidad, deuda ecológica y deuda externa
Continua Francisco en su encíclica, “La inequidad no afecta sólo a individuos, sino a países enteros, y obliga a pensar en una ética de las relaciones internacionales. Porque hay una verdadera ‘deuda ecológica’, particularmente entre el Norte y el Sur, relacionada con desequilibrios comerciales con consecuencias en el ámbito ecológico, así como con el uso desproporcionado de los recursos naturales llevado a cabo históricamente por algunos países” (n.51). Sigue: “La deuda externa de los países pobres se ha convertido en un instrumento de control, pero no ocurre lo mismo con la deuda ecológica. De diversas maneras, los pueblos en vías de desarrollo, donde se encuentran las más importantes reservas de la biosfera, siguen alimentando el desarrollo de los países más ricos a costa de su presente y de su futuro. La tierra de los pobres del Sur es rica y poco contaminada, pero el acceso a la propiedad de los bienes y recursos para satisfacer sus necesidades vitales les está vedado por un sistema de relaciones comerciales y de propiedad estructuralmente perverso. Es necesario que los países desarrollados contribuyan a resolver esta deuda limitando de manera importante el consumo de energía no renovable y aportando recursos a los países más necesitados para apoyar políticas y programas de desarrollo sostenible. Las regiones y los países más pobres tienen menos posibilidades de adoptar nuevos modelos en orden a reducir el impacto ambiental, porque no tienen la capacitación para desarrollar los procesos necesarios y no pueden cubrir los costos. Por eso, hay que mantener con claridad la conciencia de que en el cambio climático hay responsabilidades diferenciadas y, como dijeron los Obispos de Estados Unidos, corresponde enfocarse especialmente en las necesidades de los pobres, débiles y vulnerables, en un debate a menudo dominado por intereses más poderosos”.
Con tristeza reconoce: “nunca habíamos maltratado y ofendido a nuestra casa común como en los dos últimos siglos” (n.53). Frente a esta ofensiva humana contra la madre Tierra que muchos científicos han denunciado como la inauguración de una nueva era geológica –el antropoceno- lamenta la debilidad de los poderes de este mundo que, engañados, “piensan que todo puede continuar como está” como coartada para “mantener sus hábitos autodestructivos” (n. 59) con “un comportamiento que parece suicida” (n.55).
Prudente, reconoce la diversidad de opiniones (nn.60-61) y que “no hay una única vía de solución” (n.60). Así y todo “es cierto que el sistema mundial es insostenible desde varios puntos de vista porque hemos dejado de pensar en los fines del obrar humano” (n.61) y nos perdemos en la construcción de medios destinados a la acumulación ilimitada a costa de la injusticia ecológica (degradación de los ecosistemas) y de la injusticia social (empobrecimiento de las poblaciones).
Realizada la dimensión del ver, se impone ahora la dimensión del juzgar, en dos vertientes: científica y teológica.
El juicio científico y teológico
La encíclica dedica todo el tercer capítulo al análisis “de la raíz humana de la crisis ecológica” (nn. 101-136). Aquí el Papa se propone analizar la tecnociencia sin prejuicios, acogiendo lo que ella ha traído de “cosas preciosas para mejorar la calidad de vida del ser humano” (n. 103). Pero este no es el problema, sino que se independizó, sometió a la economía, a la política y a la naturaleza en vista de la acumulación de bienes materiales (cf.n.109). La tecnociencia parte de una suposición equivocada que es la “disponibilidad infinita de los bienes del planeta” (n. 106), cuando sabemos que ya hemos tocado los límites físicos de la Tierra y que gran parte de los bienes y servicios no son renovables. La tecnociencia se ha vuelto tecnocracia, una verdadera dictadura con su lógica férrea de dominio sobre todo y sobre todos (n.108).
La gran ilusión, hoy dominante, reside en creer que con la tecno-ciencia se pueden resolver todos los problemas ecológicos. Esta es una idea engañosa porque “implica aislar las cosas que están siempre conectadas” (n.111). En realidad, “todo está relacionado” (n. 117) “todo está en relación” (n. 120), una afirmación que recorre todo el texto de la encíclica como un estribillo, pues es un concepto-clave del nuevo paradigma contemporáneo. El gran límite de la tecnocracia está en el hecho de “fragmentar los saberes y perder el sentido de totalidad” (n.110). Lo peor es “no reconocer el valor intrínseco de cada ser e incluso negar un valor peculiar al ser humano” (n.118).
La mayor desviación producida por la tecnocracia es el antropocentrismo. Este supone ilusoriamente que las cosas solo tienen valor en la medida en que se ordenan al uso humano, olvidando que su existencia vale por sí misma (n. 33). Si es verdad que todo está en relación, entonces “nosotros seres humanos estamos unidos como hermanos y hermanas y nos unimos con tierno afecto al hermano sol, a la hermana luna, al hermano río y a la madre Tierra” (n.92). ¿Cómo podemos pretender dominarlos y verlos dentro de la óptica estrecha de la dominación por el ser humano?
El juicio teológico
La encíclica reserva un buen espacio al “Evangelio de la Creación” (nn. 62-100). Parte justificando el aporte de las religiones y del cristianismo, pues siendo la crisis global, cada instancia debe, con su capital religioso, contribuir al cuidado de la Tierra (n.62). El cristianismo prefiere hablar de creación en vez de naturaleza, pues la “creación tiene que ver con un proyecto de amor de Dios” (n.76).Donde Dios emerge como “el Señor amante de la vida”.
El texto se abre a una visión evolucionista del universo sin usar esa palabra, hace un circunloquio al referirse al universo “compuesto por sistemas abiertos que entran en comunión unos con otro” (n. 79). Citando al Patriarca Ecuménico de la Iglesia ortodoxa Bartolomeo “reconoce que los pecados contra la creación son pecados contra Dios” (n.8). De aquí la urgencia de una conversión ecológica colectiva que rehaga la armonía perdida.
La encíclica concluye esta parte señalando que: “el análisis mostró la necesidad de un cambio de rumbo… debemos salir de la espiral de autodestrucción en la que nos estamos hundiendo” (n.163). No se trata de una reforma, sino, de buscar “un nuevo comienzo” (n.207). La interdependencia de todos con todos nos lleva a pensar “en un solo mundo con un proyecto común” (n.164).
Ya que la realidad presenta múltiples aspectos, todos íntimamente relacionados, el Papa Francisco propone una “ecología integral” que va más allá de la ecología ambiental a la que estamos acostumbrados (n.137). Ella cubre todos los campos, el ambiental, el económico, el social, el cultural y también la vida cotidiana (n.147-148). Nunca olvida a los pobres que testimonian también su forma de ecología humana y social viviendo lazos de pertenencia y de solidaridad de los unos con los otros (n.149).
Qué hacer
El tercer paso metodológico es el actuar. En esta parte, la encíclica se atiene a los grandes temas de la política internacional, nacional y local (nn.164-181). Subraya la interdependencia de lo social y de lo educacional con lo ecológico y constata lamentablemente las dificultades que trae el predominio de la tecnocracia, dificultando los cambios que refrenen la voracidad de acumulación y de consumo, y que puedan inaugurar lo nuevo (n. 141). Retoma el tema de la economía y de la política que deben servir al bien común y a crear condiciones para una plenitud humana posible (n.189-198). Vuelve a insistir en el diálogo entre la ciencia y la religión, como viene siendo sugerido por el biólogo Edward O. Wilson. Todas las religiones “deben buscar el cuidado de la naturaleza y la defensa de los pobres” (n.201).
Todavía en el aspecto del actuar desafía a la educación en el sentido de crear la “ciudadanía ecológica” (n.211) y un nuevo estilo de vida, asentado sobre el cuidado, la compasión, la sobriedad compartida, la alianza entre la humanidad y el ambiente, pues ambos están umbilicalmente ligados, la corresponsabilidad por todo lo que existe y vive y por nuestro destino común (nn.203-208).
En momentos que el actual gobierno argentino, pretende canjear deuda por naturaleza, con la consiguiente pérdida de soberanía, la encíclica del Papa Francisco cobra actualidad.
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La encíclica del Papa Francisco, Laudato si, sobre el cuidado de la casa común, publicada el 18 de junio de 2015, cobra actualidad, en momentos de guerra por el control de los recursos naturales que se conjuga con la crisis de la biosfera consecuencia del desarrollo económico capitalista fundado en la sobreexplotación de recursos naturales renovables y no renovables, cuyos efectos son el cambio climático y recalentamiento global del planeta, reducción de los niveles de biodiversidad y desaparición de especies, contaminación de ríos y océanos, deforestación creciente y avance de los desiertos, elevación del nivel del mar debido al deshielo de las montañas y derretimiento de los glaciares subpolares, etc. Hace más de cincuenta años, cuando el mundo estaba al filo de una guerra nuclear, el Papa Juan XXIII escribió una encíclica en la cual no se conformaba solamente con rechazar una guerra, sino que quiso transmitir una propuesta de paz. Dirigió su mensaje Pacem in terris a todo el “mundo católico” pero agregaba “y a todos los hombres de buena voluntad”. Con Francisco, es la primera vez que un Papa aborda el tema de la ecología en el sentido de una ecología integral, que va más allá de la ambiental, comenzando con el ver “lo que está sucediendo en nuestra casa” (nn.17-61). Un primer paso metodológico es el ver. Afirma el Papa: “Basta mirar la realidad con sinceridad para ver que hay un deterioro de nuestra casa común” (n.61). Incorpora datos referentes a los cambios climáticos (nn.20-22), la cuestión del agua (nn.27-31), la erosión de la biodiversidad (nn.32-42), el deterioro de la calidad de la vida humana y la degradación de la vida social (nn.43-47), denuncia la alta tasa de inequidad planetaria, que afecta a todos los ámbitos de la vida (nn.48-52), siendo los pobres las principales víctimas (n. 48). Prosigue “Hoy no podemos desconocer que un verdadero abordaje ecológico se convierte siempre en un abordaje social que debe integrar la justicia en las discusiones sobre el ambiente para escuchar tanto el grito de la Tierra como el grito de los pobres” (n.49). Después añade: “los gemidos de la hermana Tierra se unen a los gemidos de los abandonados de este mundo” (n.53). Condena la propuesta de internacionalización de la Amazonia que “solamente serviría a los intereses de las multinacionales” (n.38). Hace una afirmación de gran vigor ético: “es gravísima inequidad obtener importantes beneficios haciendo pagar al resto de la humanidad, presente y futura, los altísimos costos de la degradación ambiental” (n.36).
Inequidad, deuda ecológica y deuda externa Continua Francisco en su encíclica, “La inequidad no afecta sólo a individuos, sino a países enteros, y obliga a pensar en una ética de las relaciones internacionales. Porque hay una verdadera ‘deuda ecológica’, particularmente entre el Norte y el Sur, relacionada con desequilibrios comerciales con consecuencias en el ámbito ecológico, así como con el uso desproporcionado de los recursos naturales llevado a cabo históricamente por algunos países” (n.51). Sigue: “La deuda externa de los países pobres se ha convertido en un instrumento de control, pero no ocurre lo mismo con la deuda ecológica. De diversas maneras, los pueblos en vías de desarrollo, donde se encuentran las más importantes reservas de la biosfera, siguen alimentando el desarrollo de los países más ricos a costa de su presente y de su futuro. La tierra de los pobres del Sur es rica y poco contaminada, pero el acceso a la propiedad de los bienes y recursos para satisfacer sus necesidades vitales les está vedado por un sistema de relaciones comerciales y de propiedad estructuralmente perverso. Es necesario que los países desarrollados contribuyan a resolver esta deuda limitando de manera importante el consumo de energía no renovable y aportando recursos a los países más necesitados para apoyar políticas y programas de desarrollo sostenible. Las regiones y los países más pobres tienen menos posibilidades de adoptar nuevos modelos en orden a reducir el impacto ambiental, porque no tienen la capacitación para desarrollar los procesos necesarios y no pueden cubrir los costos. Por eso, hay que mantener con claridad la conciencia de que en el cambio climático hay responsabilidades diferenciadas y, como dijeron los Obispos de Estados Unidos, corresponde enfocarse especialmente en las necesidades de los pobres, débiles y vulnerables, en un debate a menudo dominado por intereses más poderosos”. Con tristeza reconoce: “nunca habíamos maltratado y ofendido a nuestra casa común como en los dos últimos siglos” (n.53). Frente a esta ofensiva humana contra la madre Tierra que muchos científicos han denunciado como la inauguración de una nueva era geológica –el antropoceno- lamenta la debilidad de los poderes de este mundo que, engañados, “piensan que todo puede continuar como está” como coartada para “mantener sus hábitos autodestructivos” (n. 59) con “un comportamiento que parece suicida” (n.55). Prudente, reconoce la diversidad de opiniones (nn.60-61) y que “no hay una única vía de solución” (n.60). Así y todo “es cierto que el sistema mundial es insostenible desde varios puntos de vista porque hemos dejado de pensar en los fines del obrar humano” (n.61) y nos perdemos en la construcción de medios destinados a la acumulación ilimitada a costa de la injusticia ecológica (degradación de los ecosistemas) y de la injusticia social (empobrecimiento de las poblaciones). Realizada la dimensión del ver, se impone ahora la dimensión del juzgar, en dos vertientes: científica y teológica.
El juicio científico y teológico La encíclica dedica todo el tercer capítulo al análisis “de la raíz humana de la crisis ecológica” (nn. 101-136). Aquí el Papa se propone analizar la tecnociencia sin prejuicios, acogiendo lo que ella ha traído de “cosas preciosas para mejorar la calidad de vida del ser humano” (n. 103). Pero este no es el problema, sino que se independizó, sometió a la economía, a la política y a la naturaleza en vista de la acumulación de bienes materiales (cf.n.109). La tecnociencia parte de una suposición equivocada que es la “disponibilidad infinita de los bienes del planeta” (n. 106), cuando sabemos que ya hemos tocado los límites físicos de la Tierra y que gran parte de los bienes y servicios no son renovables. La tecnociencia se ha vuelto tecnocracia, una verdadera dictadura con su lógica férrea de dominio sobre todo y sobre todos (n.108). La gran ilusión, hoy dominante, reside en creer que con la tecno-ciencia se pueden resolver todos los problemas ecológicos. Esta es una idea engañosa porque “implica aislar las cosas que están siempre conectadas” (n.111). En realidad, “todo está relacionado” (n. 117) “todo está en relación” (n. 120), una afirmación que recorre todo el texto de la encíclica como un estribillo, pues es un concepto-clave del nuevo paradigma contemporáneo. El gran límite de la tecnocracia está en el hecho de “fragmentar los saberes y perder el sentido de totalidad” (n.110). Lo peor es “no reconocer el valor intrínseco de cada ser e incluso negar un valor peculiar al ser humano” (n.118). La mayor desviación producida por la tecnocracia es el antropocentrismo. Este supone ilusoriamente que las cosas solo tienen valor en la medida en que se ordenan al uso humano, olvidando que su existencia vale por sí misma (n. 33). Si es verdad que todo está en relación, entonces “nosotros seres humanos estamos unidos como hermanos y hermanas y nos unimos con tierno afecto al hermano sol, a la hermana luna, al hermano río y a la madre Tierra” (n.92). ¿Cómo podemos pretender dominarlos y verlos dentro de la óptica estrecha de la dominación por el ser humano?
El juicio teológico La encíclica reserva un buen espacio al “Evangelio de la Creación” (nn. 62-100). Parte justificando el aporte de las religiones y del cristianismo, pues siendo la crisis global, cada instancia debe, con su capital religioso, contribuir al cuidado de la Tierra (n.62). El cristianismo prefiere hablar de creación en vez de naturaleza, pues la “creación tiene que ver con un proyecto de amor de Dios” (n.76).Donde Dios emerge como “el Señor amante de la vida”. El texto se abre a una visión evolucionista del universo sin usar esa palabra, hace un circunloquio al referirse al universo “compuesto por sistemas abiertos que entran en comunión unos con otro” (n. 79). Citando al Patriarca Ecuménico de la Iglesia ortodoxa Bartolomeo “reconoce que los pecados contra la creación son pecados contra Dios” (n.8). De aquí la urgencia de una conversión ecológica colectiva que rehaga la armonía perdida. La encíclica concluye esta parte señalando que: “el análisis mostró la necesidad de un cambio de rumbo… debemos salir de la espiral de autodestrucción en la que nos estamos hundiendo” (n.163). No se trata de una reforma, sino, de buscar “un nuevo comienzo” (n.207). La interdependencia de todos con todos nos lleva a pensar “en un solo mundo con un proyecto común” (n.164). Ya que la realidad presenta múltiples aspectos, todos íntimamente relacionados, el Papa Francisco propone una “ecología integral” que va más allá de la ecología ambiental a la que estamos acostumbrados (n.137). Ella cubre todos los campos, el ambiental, el económico, el social, el cultural y también la vida cotidiana (n.147-148). Nunca olvida a los pobres que testimonian también su forma de ecología humana y social viviendo lazos de pertenencia y de solidaridad de los unos con los otros (n.149).
Qué hacer El tercer paso metodológico es el actuar. En esta parte, la encíclica se atiene a los grandes temas de la política internacional, nacional y local (nn.164-181). Subraya la interdependencia de lo social y de lo educacional con lo ecológico y constata lamentablemente las dificultades que trae el predominio de la tecnocracia, dificultando los cambios que refrenen la voracidad de acumulación y de consumo, y que puedan inaugurar lo nuevo (n. 141). Retoma el tema de la economía y de la política que deben servir al bien común y a crear condiciones para una plenitud humana posible (n.189-198). Vuelve a insistir en el diálogo entre la ciencia y la religión, como viene siendo sugerido por el biólogo Edward O. Wilson. Todas las religiones “deben buscar el cuidado de la naturaleza y la defensa de los pobres” (n.201). Todavía en el aspecto del actuar desafía a la educación en el sentido de crear la “ciudadanía ecológica” (n.211) y un nuevo estilo de vida, asentado sobre el cuidado, la compasión, la sobriedad compartida, la alianza entre la humanidad y el ambiente, pues ambos están umbilicalmente ligados, la corresponsabilidad por todo lo que existe y vive y por nuestro destino común (nn.203-208). En momentos que el actual gobierno argentino, pretende canjear deuda por naturaleza, con la consiguiente pérdida de soberanía, la encíclica del Papa Francisco cobra actualidad. Inequidad, deuda ecológica y deuda externaContinua Francisco en su encíclica, “La inequidad no afecta sólo a individuos, sino a países enteros, y obliga a pensar en una ética de las relaciones internacionales. Porque hay una verdadera ‘deuda ecológica’, particularmente entre el Norte y el Sur, relacionada con desequilibrios comerciales con consecuencias en el ámbito ecológico, así como con el uso desproporcionado de los recursos naturales llevado a cabo históricamente por algunos países” (n.51). Sigue: “La deuda externa de los países pobres se ha convertido en un instrumento de control, pero no ocurre lo mismo con la deuda ecológica. De diversas maneras, los pueblos en vías de desarrollo, donde se encuentran las más importantes reservas de la biosfera, siguen alimentando el desarrollo de los países más ricos a costa de su presente y de su futuro. La tierra de los pobres del Sur es rica y poco contaminada, pero el acceso a la propiedad de los bienes y recursos para satisfacer sus necesidades vitales les está vedado por un sistema de relaciones comerciales y de propiedad estructuralmente perverso. Es necesario que los países desarrollados contribuyan a resolver esta deuda limitando de manera importante el consumo de energía no renovable y aportando recursos a los países más necesitados para apoyar políticas y programas de desarrollo sostenible. Las regiones y los países más pobres tienen menos posibilidades de adoptar nuevos modelos en orden a reducir el impacto ambiental, porque no tienen la capacitación para desarrollar los procesos necesarios y no pueden cubrir los costos. Por eso, hay que mantener con claridad la conciencia de que en el cambio climático hay responsabilidades diferenciadas y, como dijeron los Obispos de Estados Unidos, corresponde enfocarse especialmente en las necesidades de los pobres, débiles y vulnerables, en un debate a menudo dominado por intereses más poderosos”.Con tristeza reconoce: “nunca habíamos maltratado y ofendido a nuestra casa común como en los dos últimos siglos” (n.53). Frente a esta ofensiva humana contra la madre Tierra que muchos científicos han denunciado como la inauguración de una nueva era geológica –el antropoceno- lamenta la debilidad de los poderes de este mundo que, engañados, “piensan que todo puede continuar como está” como coartada para “mantener sus hábitos autodestructivos” (n. 59) con “un comportamiento que parece suicida” (n.55).Prudente, reconoce la diversidad de opiniones (nn.60-61) y que “no hay una única vía de solución” (n.60). Así y todo “es cierto que el sistema mundial es insostenible desde varios puntos de vista porque hemos dejado de pensar en los fines del obrar humano” (n.61) y nos perdemos en la construcción de medios destinados a la acumulación ilimitada a costa de la injusticia ecológica (degradación de los ecosistemas) y de la injusticia social (empobrecimiento de las poblaciones). Realizada la dimensión del ver, se impone ahora la dimensión del juzgar, en dos vertientes: científica y teológica. El juicio científico y teológicoLa encíclica dedica todo el tercer capítulo al análisis “de la raíz humana de la crisis ecológica” (nn. 101-136). Aquí el Papa se propone analizar la tecnociencia sin prejuicios, acogiendo lo que ella ha traído de “cosas preciosas para mejorar la calidad de vida del ser humano” (n. 103). Pero este no es el problema, sino que se independizó, sometió a la economía, a la política y a la naturaleza en vista de la acumulación de bienes materiales (cf.n.109). La tecnociencia parte de una suposición equivocada que es la “disponibilidad infinita de los bienes del planeta” (n. 106), cuando sabemos que ya hemos tocado los límites físicos de la Tierra y que gran parte de los bienes y servicios no son renovables. La tecnociencia se ha vuelto tecnocracia, una verdadera dictadura con su lógica férrea de dominio sobre todo y sobre todos (n.108).La gran ilusión, hoy dominante, reside en creer que con la tecno-ciencia se pueden resolver todos los problemas ecológicos. Esta es una idea engañosa porque “implica aislar las cosas que están siempre conectadas” (n.111). En realidad, “todo está relacionado” (n. 117) “todo está en relación” (n. 120), una afirmación que recorre todo el texto de la encíclica como un estribillo, pues es un concepto-clave del nuevo paradigma contemporáneo. El gran límite de la tecnocracia está en el hecho de “fragmentar los saberes y perder el sentido de totalidad” (n.110). Lo peor es “no reconocer el valor intrínseco de cada ser e incluso negar un valor peculiar al ser humano” (n.118).La mayor desviación producida por la tecnocracia es el antropocentrismo. Este supone ilusoriamente que las cosas solo tienen valor en la medida en que se ordenan al uso humano, olvidando que su existencia vale por sí misma (n. 33). Si es verdad que todo está en relación, entonces “nosotros seres humanos estamos unidos como hermanos y hermanas y nos unimos con tierno afecto al hermano sol, a la hermana luna, al hermano río y a la madre Tierra” (n.92). ¿Cómo podemos pretender dominarlos y verlos dentro de la óptica estrecha de la dominación por el ser humano? El juicio teológico La encíclica reserva un buen espacio al “Evangelio de la Creación” (nn. 62-100). Parte justificando el aporte de las religiones y del cristianismo, pues siendo la crisis global, cada instancia debe, con su capital religioso, contribuir al cuidado de la Tierra (n.62). El cristianismo prefiere hablar de creación en vez de naturaleza, pues la “creación tiene que ver con un proyecto de amor de Dios” (n.76).Donde Dios emerge como “el Señor amante de la vida”.El texto se abre a una visión evolucionista del universo sin usar esa palabra, hace un circunloquio al referirse al universo “compuesto por sistemas abiertos que entran en comunión unos con otro” (n. 79). Citando al Patriarca Ecuménico de la Iglesia ortodoxa Bartolomeo “reconoce que los pecados contra la creación son pecados contra Dios” (n.8). De aquí la urgencia de una conversión ecológica colectiva que rehaga la armonía perdida.La encíclica concluye esta parte señalando que: “el análisis mostró la necesidad de un cambio de rumbo… debemos salir de la espiral de autodestrucción en la que nos estamos hundiendo” (n.163). No se trata de una reforma, sino, de buscar “un nuevo comienzo” (n.207). La interdependencia de todos con todos nos lleva a pensar “en un solo mundo con un proyecto común” (n.164).Ya que la realidad presenta múltiples aspectos, todos íntimamente relacionados, el Papa Francisco propone una “ecología integral” que va más allá de la ecología ambiental a la que estamos acostumbrados (n.137). Ella cubre todos los campos, el ambiental, el económico, el social, el cultural y también la vida cotidiana (n.147-148). Nunca olvida a los pobres que testimonian también su forma de ecología humana y social viviendo lazos de pertenencia y de solidaridad de los unos con los otros (n.149). Qué hacerEl tercer paso metodológico es el actuar. En esta parte, la encíclica se atiene a los grandes temas de la política internacional, nacional y local (nn.164-181). Subraya la interdependencia de lo social y de lo educacional con lo ecológico y constata lamentablemente las dificultades que trae el predominio de la tecnocracia, dificultando los cambios que refrenen la voracidad de acumulación y de consumo, y que puedan inaugurar lo nuevo (n. 141). Retoma el tema de la economía y de la política que deben servir al bien común y a crear condiciones para una plenitud humana posible (n.189-198). Vuelve a insistir en el diálogo entre la ciencia y la religión, como viene siendo sugerido por el biólogo Edward O. Wilson. Todas las religiones “deben buscar el cuidado de la naturaleza y la defensa de los pobres” (n.201).Todavía en el aspecto del actuar desafía a la educación en el sentido de crear la “ciudadanía ecológica” (n.211) y un nuevo estilo de vida, asentado sobre el cuidado, la compasión, la sobriedad compartida, la alianza entre la humanidad y el ambiente, pues ambos están umbilicalmente ligados, la corresponsabilidad por todo lo que existe y vive y por nuestro destino común (nn.203-208).En momentos que el actual gobierno argentino, pretende canjear deuda por naturaleza, con la consiguiente pérdida de soberanía, la encíclica del Papa Francisco cobra actualidad. |
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