

Necesitaban que Dios fuera el garante de sus propiedades y la eternidad, el plazo de sus inversiones. Cuando invocan los valores tradicionales, lo que verdaderamente defienden es el precio de la hectárea y la sumisión de los cuerpos. David Viñas
El presidente de la nación Javier Milei fue invitado por la ORT, en el marco de su 90° aniversario, para brindar una exposición sobre “ética como política de estado”.
El “génesis”
En el auditorio, estudiantes seleccionados por la institución del ciclo superior como una contradicción suntuosa a la propuesta disertante. En bambalinas, el yugo de la descarnada pasión por la filantropía oficial: franco tiradores apostados en las inmediaciones y personal de las fuerzas de seguridad por las escaleras donde día tras día circulan los estudiantes, a quienes les prohibieron, sorpresivamente, salir del aula antes y durante la visita presidencial.
Su exposición comienza resaltando los elementos y perspectivas que orientan su gobierno: la filosofía griega; la idea de la justicia y el derecho romano; la perspectiva de los estoicos; y los valores judeocristianos, que se encuentran en el epílogo “Capitalismo: la divina maquinaria del paraíso” de su reciente libro “La moral como política de Estado”.
La idea de la justicia y el derecho romano
Al adentrarse en su alocución, define al derecho romano como un derecho natural. Si bien se sabe que nuestras leyes están en buena parte inspiradas en este derecho, no estarían tan bien logradas. Hablar de derechos naturales supone una cuestión de origen que contradice a pensadores como Hobbes, una discusión vetusta, donde este pensador definía al estado de naturaleza como “caótico y violento”, al tiempo que resaltaba la necesidad de establecer un pacto social que delimite las voluntades arbitrarias, en post de establecer una sociedad donde se establezca un orden justo, condición moral de dicha corriente de pensamiento, entendiendo como justo el límite al libre albedrío: que por ende limita nuestra libertad.
Milei se para atrás de esta discusión superada, enseñándonos el camino correcto, diciendo que “cuando el derecho natural y el derecho positivo coinciden, esa norma es legítima. Cuando el derecho natural está en contradicción con el derecho positivo, esa norma puede ser legal, pero no es legítima”, dejando a las claras que su ideal se funda en el estado de naturaleza, que no es ni más ni menos que el salvajismo de la ley de más fuerte, enmarcada en lo instintivo por fuera de los procesos de socialización, ¿acaso serían estos una infamia?
Perspectiva de los estoicos
En esta segunda parte, cita al Rey Salomón como su exponente, señalando que aquél le pidió a Dios sabiduría para que pueda diferenciar el bien del mal, y coraje para elegir el bien “porque a veces uno sabe qué es lo que está bien y lo que está mal, pero requiere coraje elegir el bien, y no sólo eso sino templanza para bancar las consecuencias”.
Es de público conocimiento cómo llevó a cabo estos preceptos ante dos de los casos más polémicos durante su mandato. Me refiero a sus camaradas José Luís Espert y Manuel Adorni. Se sabe fehacientemente que Espert recibió dinero y prestaciones de manos de un condenado por narcotráfico ante la justicia de EEUU, circunstancias que terminaron provocando su retiro de la lista que encabezaba para diputado por la provincia de Buenos Aires, no sin antes realizar una serie de excusas risibles en varios medios de comunicación. También se sabe fehacientemente que Adorni fue recientemente imputado por enriquecimiento ilícito, al no poder justificar en sus declaraciones juradas un patrimonio exponencial que no condice con sus actividades, lo que derivó en la renuncia a sus funciones públicas dentro el Estado. Con ambos, Milei se pronunció públicamente en favor de aquellos en entrevistas televisivas unipersonales y redes sociales hasta el hartazgo antes de que los dos casos decidieran correrse de la órbita vincular con el gobierno: ¡lo dio todo! Por carácter transitivo, establecer en la práctica aquella moral que circula en torno a lo “justo” y al “coraje del bien” implicó, en los hechos, la defensa de dos personas vinculadas, respectivamente, con hechos de corrupción y con el narcotráfico.
Valores judeocristianos
Referenciando el concepto “eficiencia económica” de Huerta de Zoto –pensador económico de consulta para nuestro orador–, intenta establecer un vínculo con los valores judeocristianos. Según la interpretación de Milei, dicha eficiencia se encontraría inscripta en los Diez Mandamientos entregados por Dios a Moshé en el Monte Sinaí transmitidos al pueblo de Israel: “porque cuando uno toma la eficiencia del sistema capitalista requiere de un conjunto de valores. Requiere de la libertad, del principio de no agresión que tiene que ver con no matarás –respetar la vida–, no robar, respetar los contratos. Si ustedes se fijan eso está en los diez mandamientos”. ¿Cabe preguntarse por las contradicciones históricas que supone presentar al capitalismo como expresión de una moral basada en el respeto por la vida, la propiedad y los contratos? ¿Si lo justo consiste en defender un sistema sustentado en dichos valores, resulta necesario considerar las condiciones históricas de su conformación? Pensemos en la historia de los principales imperios de la era moderna como el de Inglaterra y España para observar la relación entre acumulación económica, conquista y dominación, y más recientemente revisar la puesta en marcha de la revolución industrial mediante la incorporación masiva de hombres, mujeres y niños a un sistema fabril caracterizado, en sus primeras etapas, por salarios de miseria, extensas jornadas laborales, ausencia de protección social y elevadas tasas de mortalidad y enfermedad. Estos procesos, que forman parte de la historia constitutiva del capitalismo, resultan difíciles de conciliar con una concepción del sistema basada exclusivamente en los principios de respeto a la vida, la propiedad y la no agresión.
Las razones de la miseria
Acá nos será clarificada la verdadera razón de la miseria: un fenómeno que se manifiesta en las personas que se alejan de preceptos religiosos. Para justificarse recurre a Adán –un hombre–, al cual le asigna una capacidad cognitiva e intelectual infinita “provista por el creador” sin límites ni declive, diciendo que aquél “trabajaba, pero no sudaba; producía, pero no escaseaba” y que esta es, pues, la condición original: “trabajaba en obediencia del creador con dotaciones infinitas dentro de un orden que no sólo lo restringía, sino que lo complementó”. Si para Milei el capitalismo es el orden económico dispuesto por Dios, la obediencia se convierte en su principio fundamental: “el capitalismo es el sistema que Dios preparó a través de la ley, para que después de la caída el trabajo continuara. No lo inventó el hombre: el hombre lo descubrió al obedecer”. En esta concepción, el capitalista aparece como administrador de ese orden y el trabajador como quien debe obedecer para sostenerlo. La desobediencia, en cambio, deja de ser una disputa económica para convertirse casi en una transgresión moral: quien cuestiona ese orden cuestiona también el mandato divino.
De este modo, cualquier relación de subordinación dentro del capitalismo puede presentarse como algo pecaminoso para quien se encuentra subordinado. El capitalista es quien se encuentra sacrificando su vida al servicio de la observancia ortodoxa espiritual para que cada uno de nosotros no se pierda en la alevosía del plusvalor, justamente porque Dios, como a Adam, lo creó para trabajar y obedecer. Creo que no puede haber malas interpretaciones: ¡esclavos del capital o la muerte!
El pecado de la redistribución
Finalizando su exposición, Milei dedica varias reflexiones al colectivismo como política de Estado, y más precisamente al marxismo. Como todo Dios requiere un adverso, Milei lo encuentra ni más ni menos que en Karl Marx. Afirma que “el Marxismo no es simplemente una teoría económica alternativa con errores técnicos corregibles, es algo mucho más serio: se autodeclara como una teoría satanista: Marx era satanista”. Para apoyar su hipótesis, recurre al mandamiento “no codiciarás”, ya que según sus palabras “el deseo de apropiarse de lo que le pertenece al otro, es exactamente el combustible del colectivismo y del marxismo”.
Confieso que estoy confundido o estas afirmaciones han sido sumamente complejas: ¿acaso no es robar quedarse con una plusvalía que no le pertenece al capitalista? ¿no es acaso esta la más perfecta contradicción? Solo así puede entenderse como Marx es, en la visión del presidente el satán de su Torá, teniendo en cuenta los escritos de aquel sobre la explotación humana a manos de los apóstoles del Capital.
Con todo, finalizo esta nota conmovido, diciendo que gracias al profeta Javier Milei, ahora sabemos sobre el camino a seguir. Que el capitalismo es nuestro Dios cotidiano, que la mano invisible del mercado es, justamente, cualidad de todo Dios que no puede verse, pero así y todo se siente, y debemos devoción porque, sin él jamás podríamos haber existido, ni existiríamos, y, por ende, dejaríamos de existir. En pocas palabras, tenemos que ser sumisos ante la manifestación de nuestro Dios cotidiano.
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Necesitaban que Dios fuera el garante de sus propiedades y la eternidad, el plazo de sus inversiones. Cuando invocan los valores tradicionales, lo que verdaderamente defienden es el precio de la hectárea y la sumisión de los cuerpos. David Viñas Valores judeocristianos |
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