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José María Martini revisita la vida del cura villero y elige mirar su legado desde la ternura, la rebeldía y la esperanza. En tiempos donde la indiferencia parece ganarle terreno a la empatía, volver a leer a Carlos Mugica es volver a encender una chispa. En “Padre Carlos Mugica. ¿Mito o realidad?”, José María Martini propone mirar de frente la figura del cura villero, no como una estampita del pasado, sino como una presencia viva, incómoda y necesaria. El libro no busca santificarlo, sino entender por qué su palabra sigue conmoviendo, medio siglo después, a quienes se atreven a soñar con una patria más justa.
Martini recupera a Mugica desde una mirada profundamente humana y política. Su escritura dialoga con una tradición de fe popular, pero también con la historia de los movimientos que eligieron pararse del lado de los últimos.
En cada página late una convicción: que la espiritualidad no puede estar divorciada de la justicia social. Así, el autor nos invita a pensar al cura villero no como un símbolo congelado en el tiempo, sino como un espejo en el que se reflejan las luchas actuales: la de los barrios que resisten, la de quienes sostienen la esperanza entre la precariedad y la fe. El libro, más que una biografía, es un llamado. Un gesto de memoria que interpela al presente y que rescata la dimensión política de la ternura como forma de militancia.
![]() — ¿Qué encontraste en la figura de Carlos Mugica que sigue siendo urgente para pensar el presente argentino? — Mugica, se la jugó. Es un tipo que metió los pies en el barro, desde adentro de la estructura de la iglesia, porque no dejo de ser cura, pero jugándosela, tomando un posicionamiento claro por el peronismo. Él entendía que el peronismo había luchado para dignificar la vida de millones de argentinos y argentinas.
— Tu libro propone desarmar el mito para llegar al hombre. ¿Qué se gana —y qué se arriesga- al correr ese velo de santidad que lo rodea? — Hay una negación de algunos sectores de mencionar que él era peronista. Se trabaja su figura de católico y cura comprometido. Pero busca invisibilizar su acción y compromiso político. — Muchos jóvenes hoy lo descubren por primera vez. Si Mugica viviera, ¿qué creés que diría frente a la desigualdad y la violencia de nuestros días? — Carlos estaría en los miércoles con los y las jubiladas, en el Garrahan, en nuestros barrios construyendo esperanzas frente al diablo narco. Militando en la lista de Fuerza Patria. Es muy fácil estar en contra de un modelo de opresión, pero lo difícil es decir a favor de quien estamos, en eso Carlos, la tenía clara e iba al frente. — En tu investigación, ¿qué te conmovió más: su fe o su compromiso político? ¿O creés que en él ambas cosas eran una sola? — Me atrevo a afirmar que Carlos era un cura peronista, sin vueltas, cuando leemos sus escritos podemos ver que para él, la fe y la política iban de la mano. ¿Ser solidario en la misa y después votar a Milei? De Carlos siempre me conmovió el equilibrio que logró entre la fe y el compromiso político. — Después de escribir este libro, ¿qué enseñanza personal te deja Mugica? ¿Qué lugar ocupa ahora en tu manera de mirar el mundo y la esperanza? — Mugica me invita a luchar contra las injusticias, pero no solo de pico, sino desde lo cotidiano. Desde cuando llevo a Juanma y a Camilo a la escuela, cuando estoy en clases con los pibes y las pibas, siempre mantener la coherencia. — Hay una idea que sobrevuela todo el libro: la de una fe encarnada, una espiritualidad con los pies en la tierra. Si tuvieras que definir a Mugica en una imagen, no en una frase, ¿cómo lo imaginarías hoy, entre nosotros? — Celebrando misa en la esquina de un barrio, siempre al lado del pueblo trabajador. En las palabras de José María Martini hay algo que trasciende el homenaje: una invitación a volver a mirar el país desde abajo, desde las manos que trabajan, desde los cuerpos que resisten. “Padre Carlos Mugica. ¿Mito o realidad?” no es solo un libro sobre un hombre, sino sobre un modo de creer y de luchar. Martini devuelve a Mugica su voz política, su gesto de ternura radical y su rebeldía cristiana, esa que eligió la pobreza como lugar de encuentro con el otro. Leerlo hoy es volver a una pregunta que sigue abierta: ¿qué significa tener fe en un tiempo sin milagros?
Quizás la respuesta esté, como sugiere el autor, en cada acto mínimo de amor y organización que sostiene la vida. En esa obstinación de los pueblos por seguir soñando juntos. Porque, como Mugica, todavía hay quienes creen que el Evangelio también se escribe en las calles. Y ahí está el corazón de este libro: en recordarnos que los márgenes no son los bordes, sino el centro donde late lo más humano de la historia.
Martini no escribe desde la nostalgia, sino desde la urgencia. Su palabra es un llamado a recuperar la ternura como forma de acción política, a transformar la fe en coraje y el recuerdo en compromiso. Mugica, dice el autor, no murió: se multiplicó en cada lucha colectiva, en cada ronda, en cada gesto solidario que resiste al cinismo. Esa es, quizás, la mayor fuerza del libro, que no pretende clausurar una historia, sino abrirla. Que no busca dejar a Mugica en el altar, sino devolverlo a la calle, al barro, al abrazo de los que todavía creen que la política puede ser un acto de amor.
En tiempos donde la desesperanza se disfraza de realismo, Martini nos recuerda que la esperanza también es una decisión política. Y que, como escribió Mugica antes de morir, “el amor vence siempre, aunque a veces duela”. |
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