

Es jurista, escritor y especialista en relaciones internacionales.
Actuó en el Comité Internacional de la Cruz Roja y, desde hace más de dos décadas, se desempeña como consultor legislativo del Senado brasileño en temas internacionales.
Posee amplia experiencia en asuntos humanitarios y en áreas vinculadas a la defensa, el derecho internacional, la migración, el medio ambiente y la seguridad cibernética. Ha participado en negociaciones y foros multilaterales de alto nivel. Su obra literaria explora, con mirada crítica, las tensiones del mundo contemporáneo y los dilemas humanos.
El tatuaje de Dios no se limita a imaginar un futuro: revela una versión intensificada del presente. Uno de sus núcleos más perturbadores es la ilusión de control. El tatuaje electrónico, que registra cada aspecto de la vida, promete autoconocimiento, pero en realidad paraliza al protagonista, saber demasiado no lo libera, lo vuelve más evasivo. La tecnología, lejos de clarificar la identidad, la fragmenta.
Otro aspecto central de la novela es la transformación del poder. Los “profetas” ya no son figuras religiosas tradicionales, sino operadores algorítmicos administrando emociones colectivas. El nuevo dominio no se ejerce mediante la fuerza directa, sino a través de la interpretación de datos y la manipulación del sentido... ¿cuánto de nuestras decisiones sigue siendo propio?
También impacta la relación con el pasado. El protagonista intenta borrarlo —digital y emocionalmente—, pero fracasa. La memoria persiste como una forma de resistencia, aunque dolorosa. En este punto, la novela plantea una paradoja: en un mundo obsesionado con registrar todo, lo verdaderamente imposible de eliminar no son los datos, sino las experiencias.
Finalmente, la obra interpela desde lo afectivo. Los vínculos son frágiles, ambiguos, casi ensayados. Amar, confiar o incluso desear aparecen atravesados por la sospecha de ser utilizados. Esta imposibilidad de entrega plena convierte a la soledad en una condición estructural.
La novela deja una sensación inquietante: no estamos ante un colapso evidente, sino ante una lenta adaptación a lo inhumano. Y quizás lo más perturbador sea que esa adaptación ya ha comenzado.
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11 6011-0453 |
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