Interrogantes y reflexiones de una sociedad en la cornisa
Eduardo Jorge Orellana
Argentina en la era Milei analizada desde un abordaje sociológico


“El hombre por definición tradicional clásica es un animal político. Si se le tacha la política queda el animal, es decir: vamos hacia la jungla”. David Viñas.


Con estas palabras, en 1990, el escritor e intelectual David Viñas, invitado a un debate televisivo como candidato a intendente de la Ciudad de Buenos Aires por el partido Izquierda Unida, fue un adelantado a su tiempo. Hacia el final de su intervención consideró a la Argentina como “un país simbólico”, justificando su idea en la figura circular que delinea el concepto de una encerrona: una trampa viciosa. Definía así la línea divisoria entre la política como actividad y el campo semántico de una nación compleja. Treintaicinco años después, el yugo de la razón prosaica nos conduce por sendas (poco) predecibles.

El 26 de octubre de este año, Argentina llevó adelante las primeras elecciones legislativas bajo el mandato de Javier Milei. El resultado del escrutinio a nivel nacional dio como ganador al oficialismo. Por entonces no parecieron importar las denuncias de corrupción que apuntaron hacia Karina Milei (hermana del Presidente) por recibir coimas en pos de favorecer la cartelización de laboratorios farmacéuticos en la órbita de la Agencia Nacional de Discapacidad (ANDIS). Tampoco importaron los vínculos del principal candidato a diputado de la Provincia de Buenos Aires José Luis Espert con el empresario argentino Fred Machado, quien está acusado en los Estados Unidos de traficar cocaína en una maniobra fraudulenta en la adquisición de aviones privados. Del expediente de supo que el candidato recibió una transferencia bancaria en 2022 por 200.000 dólares originada por Machado, así como también se supo del usó particular de una camioneta lujosa a nombre del acusado. Estas dos cuestiones fueron absurdamente desmentidas por Espert en varios medios de comunicación, hasta que finalmente bajó su candidatura faltando veinte días para los comicios. Si fusionamos estos hechos con las embestidas que viene dando el gobierno nacional contra médicos, jubilados, pensionados, un dólar que no deja de subir, y discursos públicos propinados por el presidente y su séquito de funcionarios para llevar a cabo una reforma laboral regresiva en el mediano plazo, uno no puede dejar de hacerse la siguiente y necesaria pregunta: ¿por qué un pueblo da carta blanca a un gobierno con estas características, cuando en experiencias pasadas el dato histórico marca lo contrario?

Para esbozar algún tipo de respuesta acudiré a la Filosofía del Sentido Común, corriente que trabaja con la cosmovisión cotidiana de los sujetos. Quien escribe cuanto puede procura conversar con conocidos y desconocidos sobre cuestiones políticas del día a día que trasluzcan sus inclinaciones ideológicas mediadas por la escucha activa. Se trata de conocer sus mundos, o como dirían los antropólogos, sus Mentalidades.

Alguna vez alguien me dijo, juego de palabras mediante, que la política es la ciencia de la percepción y no de la política, y que para tener cierto éxito en este cometido hay que trabajar seriamente percepciones que ahonden en la cotidianidad, el Estado y sus instituciones, y por último la imagen de los actores políticos. Ya desde el último gobierno de Cristina Fernández de Kirchner los sujetos con los que uno pudo conversar, dejaban ver su aversión hacia el Estado. Por ejemplo, en temas como la nacionalización de YPF, la intervención en el grupo Clarín, y la toma de decisión por gestionar la totalidad de los fondos de jubilaciones y pensiones en el sistema de reparto donde se administraba parte de estos fondos en el giro de créditos personales, asistencia social, obras de infraestructura —entre otras cuestiones que hacen al valor de la igualdad—, los sujetos vinculaban semánticamente al Estado como aquello que “malgasta dinero”. Como salientes se presentaban las asistencias sociales, la poca inversión y/o falta de poder de brutalidad en fuerzas de seguridad, la falta de cárceles comunes, todo lo cual encierra un discurso antiestatista con raigambre en la primacía individual.

Otra de las cuestiones que tracciona a lo anteriormente dicho son los microfascismos anclados. Fuertemente, estos resaltaban —inclusive al día de hoy— en lo concerniente a las políticas de género y diversidad sexual, vistas como una cuestión “absurda”. Desde una perspectiva psicológica, este código vivo es amplificado bajo una condición de gestión del miedo a lo distinto que sumerge a los sujetos mencionados en un estado de guerra que funda un Yo embebido en una amenaza irreal: quien me ha dicho alguna vez que la psicología y la sociología no pueden interrelacionarse estaba, por lo menos, confundido. Así las cosas, puede pensarse que ciertas personas han encontrado en la figura de nuestro presidente actual al mesías de sus mentalidades; a uno de “los nuestros” que cosechó lo que tanto sembró las sombras de lo íntimo.

Persiguiendo este conjunto de microfascismos —junto a otros como el odio a los inmigrantes, o al pobre e indigente calificado como un ser que no quiere salir de su situación porque “no quiere”—, hubo durante el macrismo un romance percibido como soft que ilusionó a más de uno, y que, en la actualidad, con las políticas hard que viene implementando el gobierno actual desde la práctica activa —y no ya desde lo discursivo—, no van a dejar de ilusionar: ¡es ahora!, dirán. De modo que uno podría decir que éstos encuentran en Javier Milei la piedra angular hacia la realización de las demandas húmedas de un número significativo de la sociedad argentina que hasta hace dos años estaba filosofando sus ideas en el closet o grupos mínimos de discusión —vecinos, amigos, parientes, etc.—, reflejando una verbalización que está rompiendo la atomización de estos sentimientos-ideas. Desde luego que esto es sumamente preocupante, no ya para una sociedad determinada, sino para la humanidad en su justa palabra, esto debido a que en los últimos años se están activando proyectos de ultraderecha a nivel global que nos ponen en un riesgo latente y constante.

Ahora bien, lo interesante es que los movimientos de este complejo tablero no se dan de manera tradicional: en estos sujetos no hay militancia política, no hay adhesión concreta hacia uno u otro partido, porque básicamente no debe hacerse política —o no como la conocimos hasta nuestros días—, ya que en sus cosmovisiones aquella actividad es vista como un lugar que corrompe, pero fundamentalmente que lacera la verdad práctica o absoluta. Sus ideas se postulan, pues, como aquellas de “gente de bien” que “cualquiera con inteligencia pensaría”, deslegitimando así a aquellas personas que practican en la militancia ideas de nación. Si pensamos en que el mismo Milei ni ahora ni nunca se ha autopercibido como político —cuando sí lo es—, su personalidad histriónica encarna al líder carismático que ansiaban. Porque hay que decirlo: Milei ha sido siempre carismático.

Entonces, estas breves exposiciones discursivas ¿pueden explicar el triunfo electoral actual a pesar del ajuste que vienen padeciendo las personas, las familias, el desplome en las ventas de autoservicios mayoristas del 5,2% intermensual y el 13,5% interanual (INDEC), a lo que se agregan las relaciones encarnecidas con los Estados Unidos y una deuda externa que no cesa en su incrementación? La respuesta es sí. Porque una ideología que opera en la profundidad —entendiendo a estas como ideas que no se expresaban porque eran política-mente incorrectas— contiene como núcleo fundante el deseo de la convicción: una mera cuestión de fe. Una fe que refuerza el individualismo y la virtualidad de lo real, configurando esquemas cognitivos que hacen percibir lo efímero como perdurable.

“El hombre por definición tradicional clásica es un animal político. Si se le tacha la política queda el animal, es decir: vamos hacia la jungla”. David Viñas.


Con estas palabras, en 1990, el escritor e intelectual David Viñas, invitado a un debate televisivo como candidato a intendente de la Ciudad de Buenos Aires por el partido Izquierda Unida, fue un adelantado a su tiempo. Hacia el final de su intervención consideró a la Argentina como “un país simbólico”, justificando su idea en la figura circular que delinea el concepto de una encerrona: una trampa viciosa. Definía así la línea divisoria entre la política como actividad y el campo semántico de una nación compleja. Treintaicinco años después, el yugo de la razón prosaica nos conduce por sendas (poco) predecibles.

El 26 de octubre de este año, Argentina llevó adelante las primeras elecciones legislativas bajo el mandato de Javier Milei. El resultado del escrutinio a nivel nacional dio como ganador al oficialismo. Por entonces no parecieron importar las denuncias de corrupción que apuntaron hacia Karina Milei (hermana del Presidente) por recibir coimas en pos de favorecer la cartelización de laboratorios farmacéuticos en la órbita de la Agencia Nacional de Discapacidad (ANDIS). Tampoco importaron los vínculos del principal candidato a diputado de la Provincia de Buenos Aires José Luis Espert con el empresario argentino Fred Machado, quien está acusado en los Estados Unidos de traficar cocaína en una maniobra fraudulenta en la adquisición de aviones privados. Del expediente de supo que el candidato recibió una transferencia bancaria en 2022 por 200.000 dólares originada por Machado, así como también se supo del usó particular de una camioneta lujosa a nombre del acusado. Estas dos cuestiones fueron absurdamente desmentidas por Espert en varios medios de comunicación, hasta que finalmente bajó su candidatura faltando veinte días para los comicios. Si fusionamos estos hechos con las embestidas que viene dando el gobierno nacional contra médicos, jubilados, pensionados, un dólar que no deja de subir, y discursos públicos propinados por el presidente y su séquito de funcionarios para llevar a cabo una reforma laboral regresiva en el mediano plazo, uno no puede dejar de hacerse la siguiente y necesaria pregunta: ¿por qué un pueblo da carta blanca a un gobierno con estas características, cuando en experiencias pasadas el dato histórico marca lo contrario?

Para esbozar algún tipo de respuesta acudiré a la Filosofía del Sentido Común, corriente que trabaja con la cosmovisión cotidiana de los sujetos. Quien escribe cuanto puede procura conversar con conocidos y desconocidos sobre cuestiones políticas del día a día que trasluzcan sus inclinaciones ideológicas mediadas por la escucha activa. Se trata de conocer sus mundos, o como dirían los antropólogos, sus Mentalidades.

Alguna vez alguien me dijo, juego de palabras mediante, que la política es la ciencia de la percepción y no de la política, y que para tener cierto éxito en este cometido hay que trabajar seriamente percepciones que ahonden en la cotidianidad, el Estado y sus instituciones, y por último la imagen de los actores políticos. Ya desde el último gobierno de Cristina Fernández de Kirchner los sujetos con los que uno pudo conversar, dejaban ver su aversión hacia el Estado. Por ejemplo, en temas como la nacionalización de YPF, la intervención en el grupo Clarín, y la toma de decisión por gestionar la totalidad de los fondos de jubilaciones y pensiones en el sistema de reparto donde se administraba parte de estos fondos en el giro de créditos personales, asistencia social, obras de infraestructura —entre otras cuestiones que hacen al valor de la igualdad—, los sujetos vinculaban semánticamente al Estado como aquello que “malgasta dinero”. Como salientes se presentaban las asistencias sociales, la poca inversión y/o falta de poder de brutalidad en fuerzas de seguridad, la falta de cárceles comunes, todo lo cual encierra un discurso antiestatista con raigambre en la primacía individual.

Otra de las cuestiones que tracciona a lo anteriormente dicho son los microfascismos anclados. Fuertemente, estos resaltaban —inclusive al día de hoy— en lo concerniente a las políticas de género y diversidad sexual, vistas como una cuestión “absurda”. Desde una perspectiva psicológica, este código vivo es amplificado bajo una condición de gestión del miedo a lo distinto que sumerge a los sujetos mencionados en un estado de guerra que funda un Yo embebido en una amenaza irreal: quien me ha dicho alguna vez que la psicología y la sociología no pueden interrelacionarse estaba, por lo menos, confundido. Así las cosas, puede pensarse que ciertas personas han encontrado en la figura de nuestro presidente actual al mesías de sus mentalidades; a uno de “los nuestros” que cosechó lo que tanto sembró las sombras de lo íntimo.

Persiguiendo este conjunto de microfascismos —junto a otros como el odio a los inmigrantes, o al pobre e indigente calificado como un ser que no quiere salir de su situación porque “no quiere”—, hubo durante el macrismo un romance percibido como soft que ilusionó a más de uno, y que, en la actualidad, con las políticas hard que viene implementando el gobierno actual desde la práctica activa —y no ya desde lo discursivo—, no van a dejar de ilusionar: ¡es ahora!, dirán. De modo que uno podría decir que éstos encuentran en Javier Milei la piedra angular hacia la realización de las demandas húmedas de un número significativo de la sociedad argentina que hasta hace dos años estaba filosofando sus ideas en el closet o grupos mínimos de discusión —vecinos, amigos, parientes, etc.—, reflejando una verbalización que está rompiendo la atomización de estos sentimientos-ideas. Desde luego que esto es sumamente preocupante, no ya para una sociedad determinada, sino para la humanidad en su justa palabra, esto debido a que en los últimos años se están activando proyectos de ultraderecha a nivel global que nos ponen en un riesgo latente y constante.

Ahora bien, lo interesante es que los movimientos de este complejo tablero no se dan de manera tradicional: en estos sujetos no hay militancia política, no hay adhesión concreta hacia uno u otro partido, porque básicamente no debe hacerse política —o no como la conocimos hasta nuestros días—, ya que en sus cosmovisiones aquella actividad es vista como un lugar que corrompe, pero fundamentalmente que lacera la verdad práctica o absoluta. Sus ideas se postulan, pues, como aquellas de “gente de bien” que “cualquiera con inteligencia pensaría”, deslegitimando así a aquellas personas que practican en la militancia ideas de nación. Si pensamos en que el mismo Milei ni ahora ni nunca se ha autopercibido como político —cuando sí lo es—, su personalidad histriónica encarna al líder carismático que ansiaban. Porque hay que decirlo: Milei ha sido siempre carismático.

Entonces, estas breves exposiciones discursivas ¿pueden explicar el triunfo electoral actual a pesar del ajuste que vienen padeciendo las personas, las familias, el desplome en las ventas de autoservicios mayoristas del 5,2% intermensual y el 13,5% interanual (INDEC), a lo que se agregan las relaciones encarnecidas con los Estados Unidos y una deuda externa que no cesa en su incrementación? La respuesta es sí. Porque una ideología que opera en la profundidad —entendiendo a estas como ideas que no se expresaban porque eran política-mente incorrectas— contiene como núcleo fundante el deseo de la convicción: una mera cuestión de fe. Una fe que refuerza el individualismo y la virtualidad de lo real, configurando esquemas cognitivos que hacen percibir lo efímero como perdurable.


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